Juegos

La Plaza vive del alboroto causado por los niños que la visitan. Allí montan bicicletas, patinetas y monopatines. Juegan fútbol, béisbol y quemao. Corren y se esconden entre sus árboles y estatuas. La Plaza vive porque está habitada y diariamente ofrece sus escenas de vida a aquellos que, como testigos mudos, realizan sus trabajos de oficina tras los ventanales del edificio que la circunda. Pero no son sólo juegos infantiles los que se desarrollan en ella. Uno de sus rincones, por ejemplo se ha convertido en la cancha favorita de aquellos que se atreven a jugar el peligroso juego del amor. Día a día, nuevos contrincantes se enfrentan en sin igual pelea donde brazos, manos, piernas y labios juegan un papel importante y donde la palabra resulta un acto prescindible. En ocasiones, el juego del amor culmina con la intervención de un tercer jugador que empaña las intenciones del fair play. Entonces se incorporan los gritos y reclamos y, en más de una ocasión, el asunto acaba en lucha libre femenina, donde se aceptan las jaladas de mechas, mordiscos y cachetadas. Asunto que atrae más público y favorece al vendedor de helados. También se juega a la fe y por su carácter intangible el juego suele tener dos o más variantes. Hay quién lo practica jugando a convencer. Gana puntos el que logra colocar una revista de título apocalíptico en las manos de su contrincante. Otro prefiere jugar en solitario. Con asombrosa disciplina se presenta todas las mañanas a la plaza. En uno de sus bancos, convertido en templo, se sienta a encender su cigarro y lanzar sus oraciones al viento. Nada lo perturba, ni los niños corriendo, ni las parejas absortas en sus propias confesiones, ni las escenas de celos y empujones. Tampoco lo conmueve la esporádica aparición del juego de la muerte que es como se llama cuando a los adultos les da por jugar ladrón y policía. Un día el juego empieza con una amenaza y una mujer asustada e indignada entregando su celular al ratero. Continúa con la intervención de un vigilante que queda paralizado ante el arma que saca el otro de sus espaldas y que apunta directamente a su cara. Durante unos segundos la vida de la plaza se detiene. Desde los ventanales los empleados gritan ¡Lo mató! El vigilante probablemente piensa que es una manera muy estúpida de morir y entonces descubre que el arma es un juguete. Tras el suspiro se inicia la persecución. Nuevamente gana el ladrón.

22 de octubre de 2004

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