Aguinaldo

Era uno de los primeros días de la segunda quincena de noviembre y hasta la lluvia mostró su lado cortés e interrumpió su riego punzo penetrante. El sol empezó a dibujarse como el generador de esa luz tan especial que envuelve la ciudad y su cumbre hasta bien entrado el mes de enero. El cielo, todavía nublado, parecía sugerir, a los ojos de los transeúntes, la intensidad de un azul oloroso a pan de jamón esperando su turno al bate. A lo largo del Boulevard del Panteón, los distintos negocios despertaban con los artículos de rifa adornando sus portales y un corre corre de buhoneros ataviados con gorros de San Nicolás daba a entender que en el transcurso del día habría gaita quemada, luces intermitentes, bolas de colores, tarjetas y muñecos de plástico que repetirán, con un timbre electrizante, un Jingel Bells con pronósticos de desesperos y hartazgos. Pero no ese día. Ese día la alegría se dibujó en la cara y el andar de la gente. De vez en cuando un recuerdo, un temor, una indignación, una premonición, enturbiaba esa alegría invadida, desde su inminencia, por la imagen de la camioneta y el cuerpo calcinados de Danilo Anderson. Como una mueca final de humor negro, en la calle se percibía el atentado reciente con la carga de una tristeza lejana, turbia y sutil. Los restaurantes y taguaras se llenaron de empleados públicos y a todos ellos se les ofrecía el plato navideño. Caras de amigo secreto, intercambio de regalo y nuevas pintas relucían ese día como no lo harán en lo que queda de año. La intención comercial de las fiestas, confundida con un dudoso espíritu navideño, celebraba su punto de partida. La avenida Urdaneta colapsó y cualquier mal informado llegó a pensar que era por razones de compras y festejos. Más abajo se concentraba el dolor a las puertas del Ministerio Público. Extraña confrontación la de ese día. Demasiado sentimiento encontrado en un solo espacio anímico. Por un lado el horror, la sospecha de siguientes intenciones y, por lo tanto, una recién estrenada incertidumbre. Por otro lado, el sol anunciando nueva estación, la calle alborotada con el sonido sobresaliente de la charrasca y el furro, un caudal de emociones que preceden al inicio del ritual y el paso acelerado de la gente que lleva la fiesta por dentro, que intenta contaminar al otro con sus propósitos y placeres, que ya recibió la buena nueva: Depositaron los aguinaldos. Además, era viernes.

28 de noviembre de 2004

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