Plaza Bolívar (I)

Tiene entre sesenta y cinco y setenta años. Se le veía en la esquina suroeste de la Plaza Bolívar antes de que se instalara allí la esquina caliente. Ahora está un poco más arriba del cine Rialto. En cualquier rincón donde se coloque su voz se oirá clara y fuerte. Con un vocabulario y una fluidez que parecen extraídos de los disparatados discursos del Doctor Nigüin - famoso personaje del inolvidable Rafael Guinand y antecedente criollo de Cantinflas – el invidente va relatando fragmentos de la historia patria en actitud de alto representante de la Asamblea Nacional designado como orador de orden para los actos conmemorativos del 5 de julio. Algunos pasajes de su relato llegan a ser antológicos: El deber con los escuchas me obliga a mantener un comportamiento parco y parafernálico, o este otro: Constituye un hecho trascendente cuando el inspirado Prócer en acto heroico y preclaro dictaminó los caminos de la gesta perentoria. Lo inspira la cercanía del Capitolio, las ánimas en pena de tanto cadáver político que deambulan por los alrededores. Su cabeza se balancea en cada impulso que adjudica a sus palabras. Sus ojos, ocultos bajo los obligados lentes oscuros del ciego clásico, se dirigen al cielo, como reconfortando su nada interior con la nada del espacio infinito. Su lazarillo escucha inmutable, desinteresado, abstraído, tanto de aquella incontinencia verbal, como de la multitud de curiosos que rodea a aquel Homero tan venido a menos. Algunos no pueden ocultar su asombro, otros siguen la historia en irreverente actitud de burla, otros aleccionan al orador con expresiones como ¡Así es! ¡Mas nada! ¡Toma tu tomate! El calor y la pesadez del aire le indican que ya tiene una buena cantidad de curiosos a su alrededor. Muchos más que el arpista criollo de facciones evidentemente otomacas, como las del niño que canta y el otro, menor aún, que toca las maracas, muchísimos más que la estatua humana que ya no asombra a nadie. Entonces, justo antes del desenlace de la aventura patriótica, se interrumpe a si mismo y, como no todo puede ser cultura y de algo hay que vivir, saca, extrae de aquella maraña de palabras sin sentido, como un mago de su sombrero, un envase y anuncia el milagro contenido en él. Los polvos capaces de acabar con los más tercos hongos y el más insoportable pie de atleta.

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